Armando Tejada Gómez.
Selección de Dora Giannoni
PACHAMAMA (1954)
ESTABA.
Era anterior.
Como fuego y no sólo como fuego.
Eran caparazones andando para fósiles,
fémur como camino,
costillas como abrazos,
esternón donde estaba el temor como un hueso,
tal vez un clamor ciego,
un alarido sólo,
tal vez,
primera carne animal y pesada,
sobre lo que ya estaba anterior,
bruscamente:
desde cuando la tierra se ensanchaba, girando
por entre torsos ígneos,
con triunfos de volcanes, cráteres, cordilleras
violentas como espaldas.
Tal vez ya preguntando por la hierba y el agua.
Estaba.
Era anterior.
Tierra venía a ser. Inevitable era.
Venía a su crecer rompiendo las estrellas.
Por millares de noches
sin luna y como un grito
que mordiera en el tiempo, monstruosas cabelleras
de lava y refucilos,
de totales tormentas.
Venía como un niño,
umbilical, rabiosa,
revelando el relámpago,
proclamando la piedra,
instaurando estampidos,
el fragor, la intemperie,
domando astros venía,
hurtando espacio, sombras,
desde allá, del vacío,
a procrear el llanto, la música y la fiebre.
A inaugurar el hombre,
desde entonces, la tierra.
Remota y sin caminos,
venía simplemente.
Hasta los meridianos, hasta erguirse en los polos,
hasta alzar la cabeza sobre todos los soles,
hasta ubicar su abdomen caliente, enardecido,
hasta repantigarse sobre toda la noche:
la que se abrió en el cielo para siempre. Final.
Así venía tierra, así venía entonces:
como un grueso esqueleto rondando el universo.
Venía,
simplemente,
a quedarse en la noche.
Nadie soñando. Nadie.
Los peces en silencio.
En aquel, el silencio anterior a los peces.
Nadie hurgando raíces.
Digo desde el comienzo.
Antes de los pastores
que vendrían con perros.
Sin susurro y silbidos
de los bosques y el viento.
Antes de lo crecido.
Cuando no se nacía:
desde la misma, oscura, médula del silencio.
Desde allí tierra, digo.
Nadie.
Antes de la semilla y el sabor de los muertos.
Como si viera, digo.
Como al dorso del hombre.
Como tras de la sombra que venía conmigo.
Igual que regresando por abuelos perdidos
hasta la roca, el cauce,
la caverna distante, los rastros infinitos.
Como si fuera andando por raíz de osamentas
que ignoraron el grito.
Volviendo, para siempre, por llantos y alaridos
hasta el primer gigante,
hasta el primer rugido,
hasta la primer vértebra del primer asesino.
Como de vuelta, andando,
por un gran nacimiento que subiera conmigo.
Tal vez para indagarla deshabitada, ciega,
para anotar preguntas, informar cómo ha sido,
para saber las nuevas, primeras intenciones
de su abdomen henchido, de su entraña gestando
el pez,
la clorofila,
el primer vuelo hambriento,
la primer blanda carne del dolor y el olvido.
Andando, regresando,
de raíz y hacia abajo,
hasta la misma magia de la canción y el grito.
Crepitaba y dormía.
Tal vez movía un brazo y hacía una montaña.
Era el primer, enorme, ademán sin medida:
tierra como una orgía.
Me pronuncio en pedazos,
con la voz en astillas,
con mudos movimientos
de mi aguja perdida.
Todo en dedos punzantes.
Hondo hasta la cintura.
Me pronuncio en raíces
como un hábil pocero
que cantara, allá abajo,
cierta faena oscura,
cierta insolente vida.
Se mueve, sin embargo,
con cierto ritmo loco de incontables rodillas.
Viene de muy abajo, candente, misteriosa,
asciende reventando: bosques, países, cimas.
La voz a ras del polvo.
Canto como en cuclillas.
Un tambor subterráneo se sacude en la arcilla.
Entonces bostezaba rugosas cordilleras.
Con rudos ademanes restaba altura al cielo,
lanzando el Aconcagua al ámbito y la estrella.
Sismos tenía entonces.
Una muerte de arenas.
Rumores imprecisos danzando en las tinieblas.
La voz, la voz de boca,
hasta saber el gusto del tiempo y de la tierra:
le transcurría el fuego,
le andaba por afuera,
una hoguera fantasma gozaba su inclemencia
bajando las montañas, los valles, las estepas,
hasta morir en roca y detenerse en piedra.
Se parece al recuerdo.
Como si lo supiera.
Tal como si tuviera su misma edad,
recuerdo,
la tierra ya en la tierra.
En su lecho de oxígeno: grávida, tensa, lenta.
Ya bramando sus partos:
el anfibio,
la fiera,
la flor en los peñascos.
todos los dinosaurios,
las alas y la selva:
un fragor de latidos conmoviendo el planeta.
La tierra enloquecida,
jadeando,
parturienta.
Me concierne del tiempo.
He aparecido Vengo.
La voz como un cuchillo
que estuviera naciendo.
Erguido.
Ya de pie.
Creciendo.
Supongamos las raíces,
las chipicas como brazos,
como redes, como pulpos, como garfios,
las raíces y las grietas,
como muertes, supongamos.
El chañar herido conoce mi sangre.
La supo en la siesta quemada hasta el hambre,
la aprendió silbando mis venas añejas,
en el viejo gesto feroz de la carne.
De la Cuyum carne.
nueva,
delirante...
...Tierra que te muerde mi rodilla en tronco.
Puesta en tus entrañas.
Tierra,
la escupida por el río turbio
de los viejos ojos:
por el primer llanto.
Llanto andando a tientas por tus soledades,
seco en algarrobos, tan hosco y absorto,
tan tremendamente como el primer hombre
con niño y colmillos,
con mujer al lado,
llanto aquél, primero, rugido de sombra cruel,
gesticulante.
Murmurando, tierra,
virginal de panes.
Testigo insondable de la primer seña.
El primer castigo se quedó en la arena
buscando mis manos.
Al fondo del tiempo se quedó vencida,
el día sin nombre de aquel primer parto:
de espaldas. A gritos.
Feroz contra el suelo,
misterio en la madre,
te inauguró, tierra, la mujer bramando.
De espaldas. A gritos.
Arrojando al tierno sollozo reptante.
Feroz contra el suelo,
el diente en los dientes,
mordiendo la sangre,
la mujer, la madre, la noche. Gritando.
Así como estaba:
la chilca, los pastos, revolcada,
sola,
sobre la sequía,
abierta en un grito, partida. Alumbrando.
... Y crujía endeble
hasta las mandíbulas.
Dramáticamente ya oteaba horizontes
sobre el medio día.
Curvado, temblando, total, vacilante.
De ahí para siempre.
Hasta las edades,
hasta árbol, carbones,
de ahí para siempre,
tierra,
para siempre,
siempre. Inevitable.
Igual que la nieve, la lluvia, los árboles.
Solo. Con sus manos.
Solo. Con su sangre.
Por aproximaciones.
Por parcelas de canto.
Casi por la demencia de mi boca y mis manos.
Todo país,
la tierra,
me absorbe hasta su entraña,
me engulle en sus llanuras, sus climas,
tus distancias.
Con toda boca, hundido.
La sed como una brasa
Alto en interrogantes,
con hombros, dimensiones:
abismo horizontal puesto para mis pasos.
Toda la voz quebrada,
mínima,
destrozada.
Por mis venas América, extendida a mi muerte,
invasora en mi carne.
Vengo desde el primero.
Desde el hombre de piedra.
Desde el torpe fantasma feliz de minerales.
Vengo precipitado.
Por parcelas de canto.
Rozando cierta sombra dormida en las montañas.
Inútil de razones.
Sumiso de palabras,
por la canción del clima,
por látigos de arena.
por cierto exiguo yuyo,
ilógico,
desnudo,
devolviendo, el asombro de la visión,
la fábula,
con Pamperos y Zondas galopando en mi cara.
Tierra, que no sabía la voz y la guitarra.
De aquella noche: tierra de las respiraciones,
con el glóbulo inquieto,
despertando conmigo.
De aquella sombra: tierra de las transformaciones,
con el grito encerrado,
descubridor conmigo.
Sudándome en la frente,
subido en mi tobillo,
agitando mis manos,
por entre los testículos,
con una sed del fondo sacudiendo los hijos,
desde allí hasta mi sombra,
por entre la fatiga precursora: los hijos.
... Pero despierta poco.
Se queda en sus países.
Apenas el arroyo, apenas lluvia,
apenas,
calientes vegetales succionando su ombligo.
Oscuro topo atento, sumiso a sus raíces,
a sus múltiples garras: subterráneos destinos,
sin salvación, sin otros,
sedientos de humedades,
del agua,
del vestigio.
Decir invocaciones.
Desenterrar los ritos.
Girando.
Boca abajo.
Como a polvo.
Hasta el polvo.
Jadeando.
Boca arriba.
Como al cielo.
Hasta el cielo.
Hasta el fin latitudes,
hasta el último trozo:
agotar el tamaño sobre la piel del tiempo.
¡Pacha Mama,
cusilla!
¡Cusilla,
Pacha Mama!
¡Pacha Mama tambores,
en las cañas.
¡Cusilla!
Áspera madre, tierra.
Pacha Mama.
¡Cusilla!
Y me vengo de adentro,
tambor en el aire, partiendo los pechos.
Por la ausencia vencida.
Pacha Mama,
cusilla,
y me vengo. Viniendo:
callado de cerro. Silencio.
De cerro silencio.
Me vengo de adentro
con un loco idioma, loco de silencio.
Por aproximaciones.
Por cortezas de canto.
Con un temblor de edades
atravieso los vientres.
Fatal de pie
y de nuevo oteando el horizonte,
como al arco su flecha,
total
y para siempre.
TONADAS EN LA PIEL (1955)
Geografía de la tonada
Desde una desmemoria de volcanes
se me arrojan las manos a palomas,
a pájaros se arrojan, a herederos,
desde una trepidante desmemoria,
con un ritmo quebrado en las mujeres,
en el codo frutal y en el jadeo:
amplias alas polares me sacuden
esta urgencia de silbos y de vértigos.
El son, digo el tambor, la avispa encinta
percutía en el árbol, retumbaba,
le mordía las piernas a la aurora,
a la infinita virgen de la escarcha,
se movía a cantar, a andar sonando
por un ancho rocío de campanas,
por la inmediata carne de la alondra,
que con un trópico sonoro adentro
subía a responder batiendo el alba.
Y la madera supo. Y supo el viento.
Y rechinó una fábula de cañas.
Perfiles a nacer, tímpano el tiempo,
acudieron a fuerza y a mansalva,
porque el sonido al fin, porque la sombra,
sabían del milagro y lo danzaban.
Rondaba el vegetal, crujía el brote
con el sol acoplado a las espaldas,
con duras cuñas de vigor en lo íntimo
y un diluvio de hongos y de malvas.
Desde entonces a mí: la esfera ciega,
la potencial succión, la llamarada,
la cadencia creciendo en locos círculos
sus gigantes de música en mi carne:
tanto como la piedra y siempre el agua
me aturden la guitarra con sus viajes,
emigran sus estrellas por mi boca,
pregonan sus rituales con mis manos.
Cuerpo ya, pentagrama transitable,
cerca del corazón queda la hierba.
Respiraré el aroma y el volumen
porque sin solidez, porque con aire,
porque con carne al viento y con arterias,
porque ya transitado y transitable,
me muero universal como la muerte:
igualitario, libre y nazco unánime,
aledaño a los pájaros, creciendo,
camarada animal subo a la vida
con vítores de sauces y magnolias,
sinfónico y alegre, saludando.
ANTOLOGÍA DE JUAN (1958)
Manual de la Palabra
Con las palabras
no se puede hacer otra cosa que palabras,
decía el Faraón, mirando a los esclavos
construir las pirámides;
en tanto sus escribas repetían, es cierto
Y anotaban lagartos, culebras, bueyes Apis
y dioses de perfil contra la piedra,
Sin advertir que el crimen, ya no era una palabra.
Se demoraron siglos en saber que una de ellas,
cualquiera, la más simple,
contenía huracanes de vida en movimiento.
Entre apagar incendios y reprimir esclavos
acordaron con Roma, palabra por palabra,
defenderse muriendo.
Porque con las palabras se puede hacer de todo,
menos parar el viento.
El César fue matando palabra por palabra,
léxicos de pastores, medias voces, dialectos,
Oficios de alfareros, tejedoras pacientes,
labradores aún verdes, pescadores, herreros.
Los arrancó de cuajo y, sin mediar palabra,
construyó con su sangre la Babel del Imperio.
Por entonces, hermano, la palabra era pobre,
imperceptible, muda, como el tacto de un ciego;
Moneda miserable, andaba entre profetas.
Alucinada y sola, prudente, compañera.
Decía poca cosa y cuando la decía
la gente la escondía porque tenía miedo.
Pero la antigua noche, madre del perseguido,
partía las palabras como huevos de sueño
Desde donde emergía el ¡ay! social del grito
de Pedro Pescador y Jesús carpintero,
ilegales, convictos, extremistas primarios
que le arrimaban leña al incendio del pueblo.
Spartacus sabía que la vida era
muerte.
Vivía de matar. Era su oficio.
Dicen que nunca hablaba. Salía de su celda
Y toda su estrategia era sobrevivirse.
Hasta que un día un celta, un galo, un triste esclavo
le dijo: soy tu prójimo y arrojó el armamento
en medio del delirio del patricio y el vulgo
y él, se quedó naciendo, con la palabra adentro.
Sucedió el estupor. Las matronas chillaban.
Los áureos senadores mesaban sus laureles.
El César bajó el dedo pulgar hacia la arena
y era en ese sentido que caía su Imperio.
La rebelión estuvo a las puertasde Roma
Generales y monjes usaron las palabras.
Pedro ya había muerto. Jesús era leyenda.
Varinia y Spartacus fueron crucificados.
Sobre una piedra muda se construyó la Iglesia
y creció como un pino por encima del árbol,
como buscando el cielo donde por fin serían
los ricos y los pobres una misma palabra.
De entonces, la palabra es una mariposa.
Para verle lo hermoso no hay que crucificarla.
Rauda en su vuelo, viene del fondo de la historia
Hasta que los tiranos entiendan las palabras.
Así es: con las palabras
No se puede hacer otra cosa que palabras.
Pero tengan en cuenta que a partir de una de ellas:
cualquiera, la más yerma,
la vida toma forma aunque sea un instante
Como un helecho fósil o un número infinito
sumado y calcinado por las constelaciones
y cuya eternidad debe ser pronunciada.
LOS COMPADRES DEL HORIZONTE (1958)
Espera del Pedro Changa
De
verme cruzar los cielos
me
llaman peón golondrina,
voy
de región en región
siguiendo
el rastro del clima.
Lo soñaron jinete, carpintero,
capitán de las lluvias del verano.
De niño lo querían de oro nuevo,
minero del salar, sabio artesano.
Porque las madres juegan a la espiga,
húmeda sus canciones de milagro,
rodeando a sus niños de luciérnagas
en la tierna bandera del regazo.
Si a uno le diera por tocar la pulpa,
lo más sobrellevado de los años,
haría fondo al fondo del anhelo
que el Pedro Changa se quedó esperando.
Con ese modo suyo de ir haciendo
cigarrillos y estibas de cansancio
hasta ponerse de humo y ser espeso
como el pájaro oscuro del tabaco.
No vale recordar lo adolescente,
lo que fue atravesar cañaverales
gimiéndose la luna que gemía
ceñida por la noche palpitante,
silbándose el vigor, lo mujeriego,
cantándose lo joven de la carne.
No vale recordar cómo es que muere
la verde brujería de la llama
gastada por lo pobre y sin caminos
que le gastó la fuerza al Pedro Changa.
Fue a La Pampa en enero porque el trigo
había puesto de oro la distancia
y en marzo fue subiendo hasta las uvas
que el sol de Cuyo preña de tonadas.
Después entró al maíz, Santa Fe arriba
desgranándole dientes sin ganancias
cuando mayo tenía ya los ojos
amanecidos de violenta escarcha.
Julio lo vio trepar sobre los trenes
hacia el azúcar agrio de la zafra
y volverse algodón todo septiembre
con el Chaco colgado a las espaldas.
Caminos de jornal ha andado el Pedro
por todos los caminos de la patria
para volver al fin ya sospechando
que hay algo en todo esto que no anda
por más que él ponga el hombro y que sus manos
le hayan quedado anchas como el mapa…
La desocupación junta a los hombres
en la aurora trizada de la calle.
Los ordena de gris, los alinea
con una misma espina atravesada.
Cada uno está solo con los otros
buscándose cigarros y palabras
mientras se cuentan hijos y decesos
y pormenores de la mala pata.
Entonces se le ve la traza al Pedro
que se fuma hasta el pucho la esperanza
apoyado en los hombros del silencio
y buscando salidas a sus ganas.
AHÍ VA LUCAS ROMERO (1963)
TREGUA DEL DÍA
El mediodía huele a su naranja.
Sobre la mesa fulge un pan reciente
y el vino capitán guía su barca.
Hoy es día de pago
y está pleno,
está sobre el mantel repantigado
con un florero gordo en el ombligo,
redondo en la ternura de la casa.
Cómo huele la flor de la cocina!
Qué panzada de amor hierve en la hornalla!
Una alquimia laurel sueña en la olla
la danza material de las cucharas,
zahumando la antigua brujería que sube en el vapor,
que anda en el aire,
con su cesta floral poniendo aroma
en la voz aromada de la Paula. A esta hora viene.
Ella lo mira
por el ojo guardián de la ventana
y él abraza la fiesta de sus niños
y se viene racimo por el patio,
preguntando sucesos pequeñitos,
tropezando en el perro,
a carcajadas,
bebiéndose los ojos de los hijos,
sintiéndolos crecer entre
los brazos,
como sucede siempre a esta hora
que el mediodía huele a su naranja.
¡Qué nacional su voz!
qué idioma hermoso suena en su nombre
cuando llega y llama y dice tráeme agua y ella corre
con el rocío que guardó la jarra,
el agua mañanera,
la del día,
la que le lava el polvo y el cansancio:
él se mete en su euforia,
chapalea,
se salpica de vidrios las pestañas
hasta que queda nuevo como un potro
que fuera por la lluvia galopando.
Con los niños detrás,
dándole vueltas,
moliendo el cascabel de las palabras,
va,
se sienta con ellos a la mesa
a presidir la bulla de sus pájaros.
Si se vieran vivir!
si les dijeran
que ésa es la paz, si fueran a decirles:
la paz del mundo vive en esta casa
¡qué ojos de no saberlo que pondrían!
¡qué fábula de asombro!
¡pobre Paula!
no atinaría más que a servir vino
y a ofrecer de lo poco su bocado,
porque hasta entender bien, qué pasaría,
qué haría él en medio de sus pájaros?
mirando a esos señores en la puerta,
oyéndolos:
-La paz vive en su casa.
-Esta es la paz que sueñan los que sueñan
-La paz
-La simple paz que hay en su casa
Pero no,
déjenlos.
No tricen esto.
De algún modo vital ellos lo saben.
Por algo él busca firmas por las noches
y es vocal titular del sindicato.
Hoy es día de pago,
día pleno:
el vino capitán canta en los vasos,
mientras la Paula sirve la comida
y el mediodía huele a su naranja.
TONADAS PARA USAR (1967)
Oración por mi enemigo
El enemigo es breve como un siglo,
algo más que un colmillo, menos que una araucaria,
suele esperar afuera, repta detrás del viento,
puede herir a mi hermano si se demora el alba.
El enemigo es breve, pero puede hacer daño:
cortar un gajo ahora, envenenar mi canto,
puede hacer que me nazcan cuchillos de los dientes
y buscarme la boca para luego acusarme.
El enemigo sabe que no tengo parientes
ni blasón en la puerta ni abuelos magistrados,
puede urdir que soy vago y mal entretenido
y mostrar las hilachas de mis antepasados.
Puede, como ha podido todo este breve tiempo,
pasar gato por liebre y comerse el venado
mientras la buena gente me mira a la intemperie
y en tanto se persigna me da vuelta la cara.
Es un Goliat de hierro el enemigo mío:
gigantesco, electrónico, atómico, blindado,
pero es breve, epidérmico, aéreo, bullanguero
y olvida entre su estrépito que yo vengo de abajo,
que soy un sacerdote del aire y la madera
y que escribí la biblia entre el dolor y el fango;
que no hay flor en la tierra que no me considere
no digo el jardinero, pero digo su hermano;
que el cereal, el último cereal que nos quede,
lleva en su piel, ardiendo, el calor de mis manos
y que el pan que se come cuando muerde la espiga
le filtra en la saliva el sabor de mi sangre.
El enemigo es loco y breve como un siglo.
Imagina que Cristo es un hombre y tres clavos
y porque nunca supo cuánto dura un rebelde
bebe su hiel y eructa hacia las navidades,
oficia fríos rezos en la misa del oro,
gatilla las tinieblas, bombardea arrozales,
tiene un perro, una amante y dos sicoanalistas
que le amansan la muerte dos veces por semana
y él, que nunca me ha visto ni por fotografías,
cree que ando en su sombra y soy una navaja.
De noche, cuando cae a la estepa del sueño,
cuando lo desenchufan sus enchufados amos,
transpira, grita, salta y enrosca su culebra
igual que una culebra herida por el rayo.
Nadie puede con él dormido ni despierto
ni bonachón ni alegre ni triste ni nostálgico:
ha sido condenado a llevarse a sí mismo
y quién puede impedir que esté solo de a ratos?
Yo que siento y consiento la piedad por la vida,
que amo desde hace siglos la salud de los árboles,
pienso que él debería regresar al origen
y aprender con la flor los rituales del agua.
Pero quién lo desnuda como en un nacimiento?
Quién le olvida la sombra, los crímenes, el cáncer?
Cómo lo llevo herido a un sitio campesino
y digo: pan o hierba, sin que la vida estalle?
Y acaso, digo acaso porque todo es posible,
él puede en lo profundo volver a la inocencia?
puede mirar a un ciervo porque sólo es de música
y no matar su leve sinfonía en el aire?
Él que no entiende nada que no sea de acero,
de dólar consistente, de exacto porcentaje,
soportará sin riesgo adentro de su pecho
el enorme estallido del amor en su sangre?
esas detonaciones de los niños en ronda?
la madre que los llama con la torcaz y el álamo?
No sacará el revólver cuando vea la vida
frágil como la lluvia, desnuda como un cántaro?
No empezará de nuevo este torpe asesino
a jugar al guerrero y a comerse el venado?
Yo sé que mi enemigo es breve como un siglo,
un colmillo en cenizas, menos que una araucaria,
hay pueblos que lo asedian delante de los vientos
y ya no tienen tiempo para esperar el alba.
¡Pobre de mi enemigo, tan breve en su masacre!
Aquí, al pie de los vientos, digo: que en paz
descanse.
PROFETA EN SU TIERRA (1968)
Peatón, diga no.
Salir, el viento arriba, cualquier mañana de estas
al día trepidante, izando la paciencia,
insistiendo en los sueños que no se dan y huyen
locamente delante de nuestra suerte perra;
salir, ya mal herido por los informativos
y con el diario en llamas por la chispa de América
-corriendo hacia lo de uno urgentemente solo-,
es un fulero asunto, una ronca vergüenza
escondida en el fondo del manso portafolios,
esa tonta mochila del peatón sin tregua.
Yo peatón, me digo con el pecho golpeado
por las humillaciones sucesivas del día,
digo que yo me digo: hay que hacer algo, viejo,
antes que venga el cáncer y te deje en la vía;
hay que hacer algo pronto y aquí, sin ir más lejos,
hacer, no se qué cornos, empezar la podrida,
porque yo ya no llego ni con la lengua afuera
si no empiezo esta cosa de enderezar la vida,
¡aquí y ahora mismo!, digo, sin dar más vueltas,
asumiendo la bronca feroz de cada día.
¿Qué hacer? ¿qué hacer, hermano, debajo de la lluvia?
¿Debajo del cemento, donde un perro agoniza?
¿Debajo del gobierno, inerme y ciudadano,
yugando bajo el peso de sus grandes mentiras?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer, hermano, lacerado de afiches
donde la coca-cola se mata de la risa?
Hay que encontrar la forma de dárselas con todo
porque a mí no me arreglan ya con otra aspirina;
pero, ¿qué hacer, hermano, debajo de la lluvia
como un desopilante inspector de cornisas?
Yo peatón, culpable de ser la muchedumbre,
yo mismísima culpa, no compro más tranvías!
Digo no. No y a muerte. ¡No redondo y en seco!
¡Y para todo el viaje digo un no cañonazo!
Un no en la plena jeta del mercader de Patria!
No, hasta que yo no tenga las treinta y tres de mano!
¿Se da cuenta, compadre? Era simple la cosa.
Como dicen los bolches: la libertad se ejerce.
Ya tengo la precisa. Digo no, simplemente,
y se les viene abajo toda la estantería.
Pruebe, compadre, empiece por los no más pequeños,
no a la pequeña burla que casi ni se siente,
diga no a los legales prósperamente oscuros,
a las fotonovelas, al cantante epiléptico;
no al opio venenoso de la Tevé y la Radio.
Diga no. Es una bomba: y con la mecha ardiendo!
Dígalo en todas partes: en su casa, en la feria
en la calle, en los trenes, en la cancha, en el
viento;
lléveselo al trabajo de modo bien visible
y lúzcalo orgulloso como un pañuelo nuevo,
después, vaya subiendo en grados subversivos
hasta el no más heroico y de cada momento:
no a las persecuciones, a la atroz carestía,
a los golpes de Estado y a los edictos rengos;
no a los yanquis en Cuba (o en cualquier otra parte),
a la guerra asesina en Vietnam, por ejemplo,
a que humillen la sangre como en Santo Domingo
sumando nuestra sangre a sumados ejércitos;
diga no sin tapujos allí donde le cuadre
hasta que se propague por el país entero,
un no como una casa, grande como una casa
donde un día podamos alojar nuestros sueños
Pero si acaso siente por el aire un sonido
como de pueblo andando caudal en su torrente,
si fueran a buscarlo los compañeros río
para Jordán y limo de sus hondas vertientes,
empínese en la honra de la Patria que amamos
y salga a decir sí,. . . . sencillamente.
AMANECER BAJO LOS PUENTES (1971)
Memoria del grillo
Yo simplemente vine a nutrirme de asombro.
En mi niñez, recuerdo, me anegaba lo bello
como un agua sencilla. Ni siquiera recuerdo
cuándo dolió primero esta sangre que llevo.
No hay una fecha exacta de mi arribo al espanto.
Entraba a los misterios como Juan por su casa
y andaba enloquecido de tanta maravilla.
Todo esto sucedía de manera inocente.
No escuchaba el crujido, las roturas del día
o el dolor de los árboles gastados por el viento.
Simplemente crecía con la simple opulencia
de un fruto en el verano. Ni siquiera sabía
que lo hermoso era hermoso; mi padre inaccesible
con su sombra gigante, mi voz
que no sonaba aún sino por dentro,
el aroma regazo que envolvía a mi madre.
Era como el reverso de la muerte y el grito.
Andaba por la vida húmedo de milagro.
No digo que recuerdo, pero mi país era
casi de un verde siempre. Por donde uno anduviera
lo seguían los árboles. Un canal rumoroso
lo partía en el medio y luego se perdía
por los cañaverales. Mi país era bueno
loco de puro grillo, lleno de sol, maduro,
con sus lentos caballos. El agua madre y greda,
verde de yerba mota
nos lavaba el racimo
de las uvas
moradas.
Jugábamos al río con el Canal crecido,
robábamos duraznos de corazón morado,
hacíamos fogatas altas como nosotros
y esperábamos siempre que sucediera algo.
Allí supe que puede suceder lo increíble
apenas uno quiera penetrar y habitarlo
y sólo estar y estarse padeciendo el misterio,
quietecito, en silencio, sometido al silencio
potente de la sangre.
De esa verde memoria es que conozco el llanto.
Traía un pan enorme. Detrás de mí la tarde
se iba quedando pálida. Entré en el callejón
desenredando un silbo que quería aprender
y que no había caso. Fue cuando abrí la puerta
que el llanto se me vino. La casa estaba llena
de ese clamor extraño. Nadie me vio. Era el grito.
Su primer estallido. Mi madre como un trapo
con el rostro en las manos. Mis hermanos, el perro,
la soledad primera
y el miedo, el lento miedo cavando en la garganta:
de golpe el llanto crudo, su jauría en mi casa.
¡PAPÁ! grité ya herido por el miedo y el grito
y me volví a buscarlo sin saber que lloraba.
Cuando entré al Callejón la tarde ya era vieja.
Yo corría aterrado en busca de mi padre.
Después regresé al llanto, solo como el olvido
y un gran rito de sombra me aguardaba en la casa.
CANTO POPULAR DE LAS COMIDAS (1974)
El día que llegaron las gaviotas
Sucedió entre tareas e inmigrantes.
¡Vaya a saber de dónde, aunque lo sepa!
De pronto hizo su sombra, dio su paso.
Nombrado por el mundo apenas hombre
adquirió su lugar, fue incorporado.
Vaya a saber de dónde es que venía
mezclándose, a mezclarse y reencontrarse.
Oficio de nacer, de andar la tierra,
náufrago de los puertos, descastado,
llegó y entró en el otro como huyéndose,
como reconstruyéndose el naufragio.
Allá también vivió por las orillas.
También olvidó el nombre y fue olvidado.
Vino a ganar el agua, el continente
y a avanzar el pedazo, el trecho árido,
vino a hacerle regiones al desierto
y después comprender o nunca o cuándo
y entonces ya no importa la memoria,
la historia nos comienza, ha comenzado
su espesa multitud y el nacimiento
de altas artesanías, tempestades
de tarea y tarea y dura ciencia
y amor y agricultura, ha comenzado
a serle imprescindible a los caminos
su callada paciencia, su ancha mano,
porque ya es para siempre esta tarea,
la vida es para siempre. Hemos pactado.
Desde luego el empeño, desde luego
el país tiene orillas manejadas,
desde luego que algunos no pudieron,
no pueden y hay orillas, van quedándose,
muriéndose, sufriéndose y queriendo
su bien ganada sal, su poco de agua.
Sentirse un remolino, una violencia,
un hombre por hacer, un rostro exacto,
unas desmadejadas multitudes
fuimos, somos, seremos, esperamos.
Llegó y entró en nosotros como huyéndose.
Penetramos en él como un naufragio.
Apellido central, ya se está viendo:
sube en la levadura solitaria,
por cierta iniquidad y ciertos odios
entre circulaciones inmigrantes.
Se lo ve aparecer carnal, rotundo
materialmente duro y terminado,
anecdotario y hecho, aparecido,
sufrido de país, vamos hallándolo;
cercano a no poder pero siguiéndose,
negado y castigado y explotado
y succionado y basta y no paremos
y empujemos la voz, vamos compadre:
métale esta raíz hasta los huesos
a la materia nuestra de paisaje.
Hay que ver cuántos modos tiene un hijo,
con qué rostro aparece y en qué año.
Bueno es seguir, cantar con fundamento,
levantarse cantado, reencontrarse
exactamente igual en lo que fuimos,
en lo que somos siendo tan exactos
y atestiguar los pobres nacimientos,
los tantos, los montones, los millones,
sumados a la suma de la sangre.
Pero también amor, pero aguardemos
porque esta anatomía crece y crece
y lleva el corazón diseminándose.
Espéreme compadre, que lo esperen,
vamos por nacimientos rescatados,
esperemos nomás, pero cuchillos,
pero la misma lucha mientras tanto,
tantos que hemos nacido, que nacemos
veámosle la historia al olvidado
y sus tantas historias diariamente:
veámosle llegar, hacerse hermano.
Tanto que hemos nacido al fin, entremos,
volvamos al total de cada uno,
regresemos al útero más grávido,
donde por hombre y hombre sumergido
nos sube el apellido de la patria.
HISTORIA DE TU AUSENCIA (1985)
Canción con vos
El amor es un sitio donde tu piel reposa:
a medio ser apenas del niño y de la rosa.
El amor va contigo cuando tú vas conmigo
y decimos nosotros en el mismo sentido.
El amor es el cauce de un río compartido,
cruza muchos paisajes, pero es el mismo río.
El amor nunca olvida lo amado y padecido
y como nunca olvida, no conoce el olvido.
Por eso, compañera, cuando salgo al camino
y en el trébol del día parpadea el rocío,
te pienso largamente, te nombro despacito
Y es como si, de pronto, me nombrara a mí mismo.
BAJO ESTADO DE SANGRE (1986)
El castillo de naipes
Era ladrón y bello. Nos ponía
las cartas de trampear sobre la mesa.
Se podía apostar. Si uno quería
le jugaba jugando la inocencia.
Pero él nos advertía. Preguntaba
si estábamos seguros, si la apuesta
no haría daño a nadie y si podíamos
pagar nuestra inconciencia.
Nosotros, ese pueblo presumido,
amarillo de trigo, harto de vides,
petroleros a ciencia y a conciencia
Creíamos aún que bien valía
Tirar canas al aire, usar el crédito
a cuenta de los pobres que pagaban
con su trabajo nuestro aburrimiento:
las misas del domingo, las comidas
estrepitosas de la parentela,
el sexo cotidiano, el perro en la plaza muerta.
Era hermoso el ladrón. Tiró las cartas
Y nos ganó, de uno en fondo, las cosechas,
el tractor, el ganado, los galpones,
el forraje, la aguada, las viviendas
y cuando habíamos perdido todo
y ya , matar el ocio, no era fiesta,
Nos dio crédito, plazos, intereses,
contratos y dogales, hipotecas
de este siglo hasta el otro de manera
que ya nadie se aburra y todos jueguen
el póker mágico de latinoamérica.
Se fue, llevándose hasta los suspiros,
pero dejó en la mesa su tarjeta:
Fondo Internacional. Así de simple.
Y Wall Street a secas.
Bs.
As, 21/06/83
COSAS DE NIÑOS (1991)
Niñerías
Los niños nunca mienten:
imaginan.
En esas travesuras
les va la vida.
Por eso del futuro,
no obliguen a los niños
a que me estudien:
enséñenles mi canto.
y cuando ya los harte
mi canción,
que aprendan a cantar
su propio canto.
El pentagrama del futuro
es mudo
y se escribe cantando.
Los pueblos son poemas
y los niños
de un siglo y otro siglo,
son los únicos
que pueden descifrarlos.
Yo inventé una canción
cuando era niño
sin estudiar a nadie.
Por eso debe ser
que, a medio siglo
de aquel niño que fui,
sigo cantando.
LOS TELARES DEL SOL (1994)
Telar de las palabras
¿Cómo reptó el idioma por la arena,
malherido y exhausto,
desértico, manchego, solito y solitario?
¿Cómo llegó a la lengua de los runas,
la Maya, los Aimara,
el Uro indescifrable del lago Titicaca?
¿Era oro el sonido?
¿Lo contenía, como siempre el aire?
La vibración mujer, sustituyó a la Warmi
¿Cuándo, en qué suceder
el tatay pasó a Padre
y la mamay a Madre?
¿Era plata el sonido?
¿En qué distancias cósmicas
cayó a las soledades el duro castellano
y fue un canto rodado
y fue un grito rodando
en las extremidades planetarias?
Se le quemó la Nao al hombre del idioma.
Cogió la hembra el hombre.
La violó por la sangre
y en el primer vagido mestizado
se le acabó el espacio.
El idioma fue un niño de dos sangres.
Gateó en la lengua
dificultosamente articulado,
se quedaba en las ramas de la música,
desafinó a la muerte,
sonó de un raro modo en lenguas leguas
y empezó a hervir de un fuego que no cesa
en la fermentación de la palabra.
Hay un idioma dentro del idioma
que hila el telar y que no tiene pausa.
TODA LA PIEL DE AMÉRICA
Canciones
Milonga para una calle
Ahí va mi sombra por calle Humboldt,
la orilla verde de la ciudad,
una arbolada calle orillera
adoquinada de soledad.
Por esta calle pasa la vida,
madrugadora como un panal,
soy el vecino de un vecindario
que amasa a diario tumulto y pan.
Yo suelo amanecer
de niebla en el andar,
Palermo es un balcón
que se niega a olvidar;
aquí empinó el pregón
su dura libertad,
por esta calle pasó mi pueblo,
soñando un sueño de no acabar.
En calle Humboldt no hay campanarios
y en su silencio crece el malvón,
otoñamente nos despereza
la milonguita de algún gorrión.
La tarde vieja entra al boliche
y piensa un trago crepuscular,
cuando el violento salmo del truco
me echa un envido de eternidad.
Yo suelo verdecer
amaneciendo aquí
con árboles y sol
y gorrión y país.
Qué hermoso es despertar
y amanecer raíz
por calle Humboldt,
por calle río,
por calle pueblo
del porvenir.
Con música de Osvaldo Avena.
Manual de la Paz
Esto es claro como el agua
esto es pura transparencia
como el árbol y la rama
esto lo entiende cualquiera
Es una cosa tan simple
como el pan sobre la mesa
Cuesta tanto hacer la casa
con un patio y una puerta!
Tanto sueño lastimado
en el pan y la pobreza
y en un segundo del odio
lo vuelve polvo la guerra.
La paz, pequeño amor,
Es una casa con un patio y una puerta
Los pueblos se unirán
para salvar al niño y al planeta
pequeño amor,
sólo el amor podrá
hacer la paz
y custodiar la flor.
La paz universal
es el oficio popular
de la colmena
La paz es un taller
donde la vida
forja su tarea
tañendo a paz
Los pueblos cantarán
una canción
de espiga y de metal.
Hagan la paz
La casa de la paz
Donde haya un niño
Un patio y una puerta...
Con música de César Isella
Canción de las simples cosas
Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda
sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples
cosas.
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la
vida,
y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas
queridas.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las
devora el tiempo.
Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las
devora el tiempo.
Con música de César Isella
Triunfo agrario
Este es un triunfo, madre,
pero sin triunfo.
Nos duele hasta los huesos
el latifundio.
Esta es la tierra, padre,
que vos pisabas.
Todavía mi canto
no la rescata.
Y cuándo será el día,
pregunto cuándo,
que por la tierra estéril
vengan sembrando
todos los campesinos
desalojados.
Hay que dar vuelta el tiempo
como la taba.
El que no cambia todo,
no cambia nada.
Este es un triunfo, madre,
del nuevo tiempo.
De estar bajo la tierra
rompió el silencio.
Este es un triunfo, padre,
de la alegría.
De tu sueño en semilla
sube la vida.
Sube la vida arriba,
hasta la espiga,
que si la tierra es hembra
la tierra es mía
y donde nace el alba
yo siembro el día.
Hay que dar vuelta el viento
como la taba.
El que no cambia todo
no cambia nada.
Con música de César Isella
Canción con todos
Salgo a caminar
por la cintura cósmica del sur.
Piso en la región
más vegetal del viento y de la luz.
Siento al caminar
toda la piel de América en mi piel
y anda en mi sangre un río
que libera en mi voz su caudal.
Sol de Alto Perú,
rostro Bolivia, estaño y soledad,
un verde Brasil,
besa mi Chile cobre y mineral.
Subo desde el sur
hacia la entraña América y total,
pura raíz de un grito
destinado a crecer y estallar.
Todas las voces, todas,
todas las manos, todas,
toda la sangre puede
ser canción en el viento.
Canta conmigo, canta,
hermano americano.
Libera tu esperanza
con un grito en la voz.
(Ciñe el Ecuador
de luz Colombia al valle cafetal.
Cuba de alto son
nombra en el viento a Méjico ancestral.
Continente azul
que en Nicaragua busca su raíz
para que luche el hombre
de país en país
por la paz.)
Con música de César Isella

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